lunes, 13 de noviembre de 2017

Javier Redal, en la eternidad (un homenaje de Pablo Bueno)

Banda sonora del artículo: Pablo sugiere leer este artículo escuchando este tema totalmente desconocido (YouTube

Javier Redal, en la HispaCon de 1993 (Gijón)
Hace hoy un año fallecía Javier Redal, coautor junto a Juan Miguel Aguilera de Mundos en el abismo. La noticia, publicada con un sentidísimo texto en el muro de Facebook del propio Juan Miguel, por la que casi todos nos enteramos, dejaba helados a muchos fans, amigos y conocidos. Javier se había distanciado bastante en los últimos tiempos de todo eso que engloba el fandom, así que la mayoría de los que incluso lo conocieron bien en su momento llevaban tiempo sin hablar con él cuando se enteraron de tan triste suceso.

En lo personal, resultó como un jarro de agua fría, helada. Puede que en algún lugar recóndito del subconsciente yo ya me hubiera imaginado acercándome a Javier y a Juan, puede que en alguna HispaCon, para conocerlos y charlar con ellos acerca de una de las obras más importantes de la ciencia ficción en español. Darme cuenta de que ya no sería posible contar con el tándem al completo me hizo sentir una inmensa tristeza. Creo que es importante decirlo para dejar claro que este no va a ser un artículo al uso. El punto de vista, como siempre, totalmente personal de las reseñas, va a tener esta vez un inevitable y abundante componente emocional. De hecho, he mencionado la palabra reseña, pero lo cierto es que en realidad va a ser también una mezcla de homenaje y de amable rememoración.

Antes de comenzar, quiero dar las gracias a varios buenos conocedores de aquellos tiempos y de la obra de la que vamos a hablar que han tenido la gentileza de atender mis preguntas y resolverme todas las dudas que han ido surgiendo. Salvo en los momentos puntuales en los que indicaré que uso palabras textuales, sus explicaciones estarán subsumidas en el texto que sigue a continuación por lo que, si hubiera algún error, es solo mío. En primer lugar, quiero mencionar a Juan Miguel Aguilera, entre otras muchas cosas, coautor de Mundos en el Abismo y de toda la saga de Akasa Puspa. También a Joan Manel Ortiz y José Luis González, parte de los editores de lo que fue la editorial BEM. A Rodolfo Martínez que, aparte de autor, es actualmente el editor de Mundos en la eternidad y otras obras del universo de Akasa-Puspa. También a Elías Combarro, por su colaboración y por permitirme alojar este artículo en su fantástica web. Y, por último, a Antonio Guisado, a Juanma Barranquero y a Mariano Villarreal por compartir conmigo sus enormes conocimientos sobre la ciencia ficción.

Empecemos por el comienzo, por tanto: Mundos en el abismo se publicó en 1988. Estamos hablando de una época mucho más complicada y oscura para los fans de la literatura de género. De hecho, creo que a muchos nos cuesta ponernos en situación, especialmente a los más jóvenes. Hoy muchos no lo recordarán (¡e incluso no lo habrán vivido!), pero no éramos pocos los que dependíamos en un altísimo porcentaje de las lecturas que podíamos conseguir en las bibliotecas. A menudo, leías lo que tenías disponible o lo poco que podías permitirte o lograr que te compraran si todavía eras muy joven. Para los que eran algo mayores y tenían ingresos la perspectiva era algo mejor, pero la disponibilidad de las obras y, sobre todo, la información, seguían siendo difíciles de conseguir. Hoy en día tenemos revistas, blogs, páginas, canales de Youtube y podcasts especializados. Internet ha revolucionado todo, también el fandom. Pero en aquellos momentos existían fanzines (posiblemente uno de los más importantes fuera Nueva Dimensión) que a menudo se fotocopiaban y se pasaban de mano en mano. «Eran otros tiempos, de silencios largos […] donde todo funcionaba mucho más despacio. Tú escribías una carta y, con suerte, recibías respuesta al cabo de dos o tres semanas», nos decía Joan Manel Ortiz.

No por repetido deja de ser algo importante: hoy el sector no es algo mayoritario, pero películas y series relacionadas directamente con la literatura fantástica como El señor de los anillos o Juego de tronos han hecho una labor innegable para difundirlo y acercarlo al gran público. Mucha gente ha descubierto de este modo que le gusta el género. En aquellos tiempos este jardín era sin duda mucho más pequeño, minoritario y recóndito y encontrar a los camaradas podía ser una labor titánica. Y, sin embargo, no deja de ser curioso que se pueda trazar un cierto paralelismo con la actualidad si observamos cómo cambió el interés tras el estreno de Star Wars. Pero ese, aunque suculento, es otro tema distinto al que nos ha traído hoy aquí. 

Joan Manel nos ilustra todo esto de un modo mucho más gráfico: 
Javier Redal, George R.R. Martin y José Luis González (WorldCon'95, Glasgow)
«Seguramente, el gran paso para el fandom español se realizó en la WorldCon de La Haya en 1990. De ella surgió, por ejemplo, la creación de la AEFCF (ahora AEFCFT) y el regreso de las HispaCones. Por aquel entonces BEM acababa de nacer (se presentó el número 1 allí, precisamente) y la desconexión entre los aficionados españoles, al no existir aún Internet, era casi absoluta […]. Cuando llegamos a Holanda y vimos a miles y miles de aficionados de todo el mundo en un palacio de congresos enorme y comenzamos a conocer a escritores de los  que solo habíamos leído y darnos cuenta de que no estábamos solos, casi nos tuvieron que hacer el boca a boca. Allí conocí y charlé con George R.R. Martin, David Brin, Bob Shaw, Joe Haldeman, Ian Watson, John Brunner, Anne McCaffrey, Robert L. Forward, Hal Clement, Norman Spinrad, Robert Silverberg, Harry Harrison, Fred Pohl, Poul Anderson y otros que seguro que me dejo. Hablamos con aficionados franceses, británicos, italianos, alemanes, norteamericanos... Todo ello nos hizo replantearnos muchas cosas, nos abrió la mente y nos dimos cuenta que no éramos una isla en medio del océano. Fue como la llegada del Renacimiento tras la Edad Media».
Digamos, por tanto, que las comunicaciones, el poder adquisitivo, la historia reciente de España y la propia amplitud de miras del público en general de aquellos tiempos no jugaban a nuestro favor, pero fue en ese caldo de cultivo donde se fraguó la obra que nos ocupa. Parece lógico que, con tales antecedentes, muchos se sorprendieran por el interés, el éxito y, especialmente, el grado de difusión boca a boca que alcanzó. Como anécdota podemos mencionar de nuevo las palabras de Joan Manel:
«La publicación de Mundos en el abismo fue una auténtica revolución, algo increíble. Ciencia ficción dura escrita por españoles. Y cuando apareció Hijos de la Eternidad ya fue el sumun […]. Cuando se celebró la primera HispaCon de la época moderna, en Barcelona, en 1991, pude por fin conocer a Redal y a Aguilera y puedo asegurar que [en la primera ocasión que tenían para pulsar la opinión de los fans] ellos eran los primeros alucinados al comprobar que sus obras hubieran gustado tanto». 
Juan Miguel Aguilera y Javier Redal (HispaCon'95, Cádiz)
Juanma Barranquero, que puede presumir de ser quien le regaló a Javier Redal una gramática Klingon recién editada (y que ni siquiera le había dado tiempo de leer), despertando así su interés al respecto, nos habla también de este momento:
“Cuando se hizo la Hispacón de Barcelona, la primera de la era moderna, yo estaba vigilando la puerta. Llegaron, un poco tarde, dos señores, se presentaron, les di la mano, leí sus nombres en las acreditaciones... y me quedé entre bloqueado e impresionado de haberle dado la mano a JAVIER REDAL y a JUAN MIGUEL AGUILERA. Fue uno de mis pocos momentos de fan absoluto en toda mi vida”.
Recordemos: hablamos de un mundo sin internet, donde todavía se mandaban cartas y todas las llamadas telefónicas se cobraban aparte. De hecho, creo que sería interesante poner las fechas en perspectiva: cuando Juan Miguel Aguilera conoció a Javier Redal, allá por 1975, la constitución actual todavía no había sido promulgada; yo ni siquiera había nacido. Los Eagles y Olivia Newton-John se repartían los números uno de la música pop. Cuando se publicó Mundos en el abismo, en 1988, todavía se utilizaba el término ecu (lo que posteriormente acabaría por generar la moneda euro); el muro de Berlín seguía en pie y se celebraron los Juegos Olímpicos de Seúl. Rick “never gonna give you up” Astley y un tal Michael Jackson lo daban todo en las radios. Puede que esto nos haga ver con rapidez el enorme cambio que se ha dado en todos los órdenes desde la publicación de esta obra.

Dejando las efemérides, no deja de ser curioso el modo en que Juan Miguel y Javier se conocieron: Redal era profesor de su instituto y puso un anuncio en el que solicitaba gente para hacer un fanzine de ciencia ficción. Si ya era difícil encontrar en esa época a fans incondicionales de la CF (para Juan, Javier fue el primero con el que se topaba), la casualidad para que, precisamente, su futuro compañero de creación literaria fuera el que respondiera no deja de ser una de esas maravillosas sorpresas con que a veces nos obsequia la vida.

De aquella colaboración nacería la revista Módulo 1, con un primer y único número, pero lo realmente importante fue la profunda amistad que se forjó entre ellos dos y la serie de trabajos conjuntos que la irían jalonando. A raíz de aquel contacto, Juan comenzó a pasar largas tardes en casa de Javier hablando de ciencia ficción y de ciencia en general. 

Cristina Xifra y Javier Redal (HispaCon'95, Cádiz)
A Redal su afición le venía no solo porque su padre también era un amante de la CF, o por su propia condición de biólogo, sino por su extraordinario interés en amplias parcelas del saber, pues era muy inquieto en lo intelectual, así como extraordinariamente inteligente. Juan Miguel Aguilera afirma que incluso tenía memoria fotográfica y que era muy difícil que olvidara algo que hubiera leído. Según todos los que lo conocieron, parecía un pozo sin fondo de conocimientos y, lo que quizá sea más importante para el tema que nos ocupa, poseía una capacidad innata para explicar lo complicado a través de palabras sencillas. De hecho, quizá lo más sorprendente fuera que pudiera hablar con la misma autoridad de aspectos científicos (ya fuera de biología, física, matemáticas o historia) que de cuestiones como el Klingon o Babylon 5. Aguilera nos comentaba que en una ocasión incluso se trajo a piezas un ordenador Sinclair de Inglaterra para montarlo con su padre. Para ilustrar lo que todo esto suponía en aquella época nos podemos remitir de nuevo a las palabras de Juanma Barranquero:
“Yo me apunté a Compuserve en la época que en los EEUU emitían la segunda temporada de Babylon 5. Buscando allí grupos relacionados con la SF descubrí el de B5 (el propio Straczynski participaba a veces), me apunté y me hice fan de la serie sin haber visto ni un episodio. Creo que fui uno de los dos o tres primeros fans en España (luego la empecé a ver porque a otro fan, de Hospitalet, le mandaban cintas VHS desde EEUU). Así que en una Hispacón, creo que la primera que se hizo en Cádiz, yo hablé mucho de la serie en plan proselitista (recuerdo que saqué el tema en una mesa redonda donde se hablaba de... ¿Star Wars, quizá?). Y todas mis conversaciones sobre B5, y en particular de que fuese una "novela" en cinco temporadas, dejaron fascinado a Javier. Y luego ya, siendo como era, se buscó información y se metió a fondo”.
Javier Redal era tímido de una forma entrañable. Ni toda su inteligencia o el reconocimiento que consiguió gracias a sus obras impedían que fuera una persona humilde. Era sencillo, introvertido, evitaba las discusiones y, a veces, podía resultar callado hasta que soltaba una frase extraída de alguna película o serie de televisión que dejaba a la gente que no lo conocía con los ojos dando vueltas en las cuencas. Los que lo trataron más también mencionan a menudo su carácter afable y el humor que desplegaba entre sus conocidos. Según Juan Miguel Aguilera:
“Jamás lo vi enfadado, ni de lejos. Molesto sí, pero lo de enfadarse se ve que no iba en sus genes. Era buena gente hasta los tuétanos […]. Era muy inocente y a veces parecía poco adaptado al mundo real. Fumaba sin parar, apretando la boquilla del cigarrillo entre sus dientes […]. Me acuerdo que una vez nos fuimos a Barcelona para acompañar a Paco Roca, que por entonces intentaba publicar su primer cómic. Paco y yo íbamos cantando Jesucristo Superstar mientras Javier conducía en silencio, fumando y sin una palabra de protesta, hasta que terminamos con la Crucifixión y nos callamos por fin. Entonces Javier empezó a cantar todas las canciones de Les Luthiers, una tras otra y disco tras disco. Se sabía perfectamente la letra de cada una y hacía las voces y acentos de los personajes, de modo que Paco y yo no tuvimos más remedio que escucharle en silencio el resto del viaje”.
Javier Redal, Gay Haldeman, Robert Silverberg y José Luis González
(WorldCon'95, Glasgow)
Joan Manel Ortiz también nos aporta una foto bastante significativa:
“Cuando conocí mejor a Javier fue en el viaje a la WorldCon de 1995 en Glasgow (Escocia), donde fuimos un buen puñado de aficionados. Recuerdo cómo disfrutó en la sala de ventas, cuando vio todo aquel  merchandising sobre Star Trek.  Se compró todo lo que pudo, desde una taza de té como la que usaba el Comandante Picard hasta un uniforme de oficial de la flota estelar. Era como un niño en una casa de golosinas. Recuerdo que nos pidió que le hiciéramos fotos vestido de tal guisa, y cómo nos reímos durante el "pase". Era una persona sencilla, sin humos, pero, al mismo tiempo, era un auténtico pozo de sabiduría (a veces con conocimientos fuera de toda lógica, como su estudio del Klingon), que te dejaba con la boca abierta en muchas ocasiones (no hay más que leer sus trabajos científicos, algunos publicados en BEM)”. 
Pero, ¿cómo era Javier desde el punto de vista literario? Según algunos, destacaba su extremada competencia al tratar las cuestiones científicas. También le gustaba escribir relatos imitando los estilos de otros grandes autores. Juan Miguel Aguilera nos cuenta que: 
“Uno de ellos se convirtió en mi favorito en castellano: Naufragio en Titán, escrito “a la manera de Arthur C. Clarke”. Se lo publicaron también en Japón, con unas ilustraciones chulísimas (gracias a ellas supimos que era su cuento, claro) […]. Tenía un sentido del humor único y todo lo que escribimos juntos se benefició de esa visión socarrona y escéptica del mundo que expresaba con su humor”.
Aunque casi toda su producción se produjo junto a Juan Miguel Aguilera, es cierto que ya había publicado algunos relatos previamente que tuvieron una cierta importancia en su momento. A los mencionados se les podrían añadir Una clase de paleontología, La parábola de Aquiles y la tortuga, o Extraviado. Seguramente Javier escribía no solo por diversión, sino como forma de dar salida a sus apabullantes conocimientos. Puede que también tuviera algo de desafío intelectual, como prueban esos relatos que escribía imitando a otros grandes escritores. Entre ellos me gustaría destacar unas palabras de El horror sin nombre, escrito “a la manera de Lovecraft” y que creo que puede dar muestra de ese carácter escéptico y, a la vez, abierto siempre a la novedad: 
«Es una desgracia que los científicos, que por la naturaleza de su trabajo deberían ser tolerantes y abiertos a las ideas nuevas, se muestren con harta frecuencia mezquinos, egoístas y burlones con los innovadores. Han pasado siglos, pero aún impera entre los grandes académicos (eso son, y no científicos) el Magister dixit de la edad media». 
Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, recibiendo el Premio Ignotus de manos
de Rodolfo Martínez (HispaCon'95, Cadiz)
También es necesario mencionar las kilométricas cartas, que casi constituían verdaderos ensayos, que mandaba a Nueva Dimensión. Tanto fue así que sus directores acabaron invitándole a que mandara artículos para convertirse en un colaborador de la revista. También le publicaron varios relatos.

De todo lo dicho anteriormente se desprende que su unión literaria con Juan Miguel produjo seguramente un resultado superior a la suma de las partes. La imaginación desbordante de uno y el rigor y el conocimiento científico del otro funcionaban como una máquina bien engrasada. Uno era extremadamente creativo; el otro se embarcaba con gusto en la búsqueda incansable de la lógica y la coherencia en los argumentos, dando en ocasiones con las teorías y las justificaciones científicas que sustentaran las ideas de Juan. Joan Manel opina que «fueron el tándem perfecto. Con los años, sus colaboraciones se espaciaron y eso que nos perdimos los aficionados». Sin duda.

Sus colaboraciones puramente literarias comenzaron cuando Juan le propuso escribir una historia a cuatro manos. La idea provenía del guión de un comic de ocho páginas que había escrito para que lo dibujase su amigo Rafa Fontériz, y ya contenía el concepto del Sistema Cadena y el ataque biológico que sufría. Los vagones se movían entre las estrellas más cercanas al sol. «También dominaba la religión hinduista, ¡pero los protagonistas eran gitanos!», nos dice Juan Miguel.

Domingo Santos, Rafael Marín, Alfredo Liébana, Juan Miguel Aguilera y Javier Redal
A Javier le entusiasmó la idea y comenzó inmediatamente a buscar el modo de crear una fauna adaptada a vivir en el vacío y pulir todos los conceptos desde el rigor científico. De aquel primer empuje salió una novela corta titulada Lisogenia que mandaron a Nueva Dimensión. Domingo Santos contestó inmediatamente diciendo que le parecía fantástica y la programó para un número que, sin embargo, nunca llegó a salir. Pero cuando se encontraron con él en Barcelona para hablar de Mundos en el Abismo (que por aquel entonces contaba con 500 páginas desarrolladas a partir de Lisogenia) les enseñó los fotolitos de la novela corta como prueba de que la intención había sido publicarla. Quién sabe, quizá fue un golpe de suerte que no lo hiciera, al menos para todos los fans, si eso precipitó la creación y publicación (cinco años después de Lisogenia) de Mundos en el Abismo.

Es importante detenernos aquí un segundo para aclarar algo, pues seguro que muchos ya se han dado cuenta de que hemos mencionado anteriormente Mundos en la eternidad y, sin embargo, una y otra vez nos estamos refiriendo a Mundos en el abismo. El motivo es que, a la publicación de este último le siguió la segunda parte, por así decirlo, llamada Hijos de la eternidad y que recopilaba todo el material que no se pudo incluir en el primero. Posteriormente, ya sin los plazos estrictos que una publicación conlleva, ambas partes fueron revisadas para fusionarlas de un modo orgánico y consiguiendo lo que, probablemente, debió haber sido la historia en sí de haber tenido el tiempo o la perspectiva necesarios, supongo. El nombre vino a unificar también los dos títulos: Mundos en la eternidad.

Sea como fuere, Mundos en el abismo tuvo una repercusión enorme e instantánea. En palabras de Joan Manel, «fue una rara avis» de aquella época. Se daba la circunstancia de que, en español, las obras de ciencia ficción hard escritas hasta el momento eran casi inexistentes. De hecho, hemos utilizado la acotación en español, no de España, porque, aunque sin duda deben de existir referentes, desconozco que se publicara algo similar en nuestro idioma por esas fechas de una profundidad científica comparable. No olvidemos que, si la literatura de género a menudo se considera un gueto, seguro que la ciencia ficción hard lo es todavía más. Y, de nuevo, tenemos que poner el marco temporal en valor porque es cierto que hoy en día se publica mucho y bueno en dicho campo. En parte, por cierto, porque ya no está vinculado unívocamente a nombres masculinos, sin duda otro signo de evolución.

En cualquier caso, la obra tuvo tal acogida que, como recordaron muchos por las redes sociales al enterarse del fallecimiento de Redal, se la consideró a la altura de los grandes premios internacionales de la época. No son pocos los que afirman abiertamente que, de haber sido publicada en inglés, habría competido por los principales galardones de la ciencia ficción. Hugo y Nébula son dos palabras que se repiten con insistencia cuando se habla de ella.

Pero, sin duda, una de las cuestiones que hacen fabulosa esta historia es la gran idea de partida y que justifica el escenario (aunque muchos de los elementos que nos iremos encontrando entre sus páginas constituyan ideas de primer orden) y que, de hecho, tarda en aparecer en la historia, por lo que la sorpresa es mayúscula. Desde el primer momento en que le puse las manos encima a Mundos me estuve preguntando cómo podía haber surgido algo así. Esta es la respuesta de Juan Miguel Aguilera. (He omitido algunas partes para evitar los spoilers, pero no me resisto a incluir todo lo demás):
«El escenario de Akasa-Puspa se me ocurrió en una larga caminata por las colinas que rodeaban el pueblo en el que veraneaba. Yo, para entonces, ya había visto la serie Cosmos y una imagen muy potente se me había quedado grabada en la cabeza: el amanecer de la Vía Láctea visto desde un planeta situado en un cúmulo globular. Entonces se me ocurrió la idea de aumentar la escala del escenario de Lisogenia y su Sistema Cadena y llevarla a una dimensión galáctica […]. Pensé que las pequeñas criaturas espaciales que aparecían en  Lisogenia, “los cintamanis”, habrían generado toda una fauna adaptada al espacio. Cuando volví a Valencia se lo conté a Javier y él se entusiasmó con la idea de desarrollar toda una fauna que hubiera evolucionado adaptada al espacio y se puso a trabajar en ello y lo llevó hasta el nivel molecular, algo que creo que jamás se habrá hecho en la ciencia ficción mundial. Las ideas de las diferentes civilizaciones y sus enfrentamientos fueron surgiendo mientras íbamos ideando la trama». 
Juan Miguel Aguilera, Ricard de la Casa, Elia Barceló, Javier Redal (arriba)
Alfredo Liébana (abajo)
Aunque, tras todo lo que había leído, mi acercamiento a esta novela se produjo con un respeto que rayaba lo reverencial, tengo que reconocer que, efectivamente, el comienzo fue duro. No ya solo por la consabida abundancia de palabras indias, sino porque Aguilera y Redal nos arrojan a un mundo desconocido en el que los personajes no se molestan en realizar ninguna introducción. Muy al contrario, hablan con naturalidad de facciones, de religión, del orden social y del universo de Akasa-Puspa desde la primera página. No obstante, puede que uno tarde un poco en comprenderlo todo, pero reconozco que el escenario es tan atractivo que no deja de tener encanto desde la primera página. Quizá lo más difícil de digerir hayan sido los conceptos científicos o tecnológicos más duros, algunos de los cuales han pasado ante mis ojos sin entender más que la idea general. Entre ellos tengo que subrayar las lecciones de química, que incluso me han hecho consultar más de una vez la Wikipedia. En todo caso, no puede negarse que, tal y como era la obsesión de Redal, son detalles que dotan de una verosimilitud incuestionable al discurso.

Una de las cuestiones que más me intrigaba de esta novela era el modo en que había sido escrita. Siempre me han despertado una mezcla de curiosidad y admiración los escritores que son capaces de desarrollar una novela a cuatro manos con otro colega, así que le pregunté por esto a Juan Miguel. Esta fue su respuesta:
«Para entonces yo ya tenía un estudio de diseño y me había comprado un Apple II, sin disco duro y solo 64K de memoria, casi lo más avanzado que existía entonces. Escribíamos por turnos en él; yo bocetaba una estructura sencilla de la escena y se la pasaba a Javier para que completase y añadiese detalles. Desde el principio tuvimos roces en dos aspectos: el sentido del humor de Javier era genial, siempre estaba presente, y a mí me encantaba, pero yo no aceptaba ningún chiste o referencia que no fuera consistente con la época remota en la que sucedía todo. Javier, por su parte, no soportaba mis continuos cambios de ideas […]. Es mi problema, me pasa igual cuando escribo solo, así que entendía su desesperación ante tanto cambio. A veces dejábamos la novela durante una larga temporada y luego volvíamos a ella».
Javier Redal
Decíamos antes que gran parte de la grandeza de la obra se fundamenta en su fabulosa concepción, el escenario que condiciona todo lo demás, pero lo cierto es que contiene ideas a cada página, desde detalles como esos trajes espaciales tan originales o los diseños de naves sorprendentemente detallistas y rigurosos para la época, hasta las verdaderas cuestiones que vertebran la narración. El propio sistema de cadena mencionado anteriormente que da pie al misterio de partida de la trama, si bien me plantea algunas dudas, resulta increíblemente creativo. Algo similar sucede con esa fauna adaptada al espacio y que esconde varias sorpresas a lo largo de la novela. La religión también supone una pátina que lo impregna todo y que está íntimamente unida a la tecnología, por ejemplo con las babeles. De hecho, es más que eso: los dogmas sobre la creación del ser humano son un tema que los personajes se cuestionan de forma permanente (recordemos que la teoría de la evolución no es más que un paradigma no demostrado dentro de la mayor parte de Akasa-Puspa) y que aporta una extraña mezcla de ignorancia entre todos esos elementos futuristas. Pero es que incluso algo tan ubicuo en la ciencia ficción como las especies alienígenas que nos podamos encontrar está tratado aquí con un trasfondo y una organización que sorprendente. 

¿Pueden ser estos algunos de los motivos que hacen que fuera una obra tan importante? ¿Qué es lo que la convierte en una novela tan notable? En palabras de Aguilera:
«Era una novela de pura inmersión que exigía muchísimo al lector. La escribimos con la idea de que fuera la novela que a los dos nos gustaría leer […]. Creo que es una novela escrita con pasión y ambición por dos personas que eran muy distintas, pero que se complementaban perfectamente. Mi entusiasmo un poco desbordante y la racionalidad y sentido de Javier Redal. De esa tensión entre nuestras dos personalidades salió algo único».
Hoy en día no queda duda de que ambos lograron uno de los principales hitos en la ciencia ficción española. Por mi parte no puedo encontrarle más peros que el centrarse mucho más en las ideas y su desarrollo que en cómo se cuenta la historia o en el apartado emotivo o psicológico de los personajes. Algo que, evidentemente, no es nada raro ni reprochable dentro de la ciencia ficción hard y valga el ejemplo de alguien tan poco cuestionable como Greg Egan para demostrarlo.

Javier Redal, Miquel Barceló y Juan Miguel Aguilera,
firmando el contrato de El refugio (HispaCon'93, Gijón)
En cualquier caso, tras la serie de colaboraciones tan exitosas que hemos mencionado, la versión de El Refugio, que pasó a llamarse Némesis, marcó el fin de las mismas. A Javier no le apetecía escribir más sobre este tema, pero se ofreció a revisar los textos de dicha obra. En esos momentos, según Juan Miguel Aguilera, estaba centrado en escribir el ensayo definitivo sobre el Duelo en el OK Corral. Llevaba años trabajando en ello.

Pese a todo lo dicho, quizá uno de los pocos reconocimientos oficiales que tuvo la serie de Akasa-Puspa se produjo poco después, en el 2013, durante la HispaCon celebrada en Quart de Poblet y que se llamó QuartumCon. En la misma, la AEFCFT les otorgó a ambos el Premio Gabriel, que «premia alguna aportación valiosa al mundo de la ciencia ficción, la fantasía o el terror». Por desgracia, la organización lo quiso llevar tan en secreto que en la cena de gala no estuvo Javier y se lo tuvieron que entregar a Juan Miguel en solitario. También hay que mencionar que en 2010 se entregó excepcionalmente un "Premio RetroIgnotus" a su novela Hijos de la eternidad.

A partir de aquí, no hay mucho más que contar, aparte de lo que ya se ha dicho. Aunque en realidad no es así: no puedo finalizar este artículo sin alzar la voz para decir que no es admisible que olvidemos nuestra historia; que perdamos el bagaje que tenemos tras nosotros. ¿Por qué digo esto? Sencillamente, por la pena inmensa que siento al constatar que no muchos de los lectores de mi generación (mucho menos de las posteriores, supongo), conocen esta obra fundamental de la ciencia ficción en español. Lo digo sin un exhaustivo estudio estadístico que me respalde (y sin referirme de forma específica al mundillo en el que solemos movernos muchos), por supuesto, pero tras varias encuestas en grupos y entornos, algunos de ellos bastante afines a la lectura en general, solo a una persona le sonaba Mundos en el abismo. Es inadmisible y creo que desde esta mezcolanza de gente y elementos variopintos que conformamos esto que llamamos fandom no estamos haciendo lo suficiente. Es una crítica constructiva al cien por cien y en la que me incluyo, pero creo que parte de la tarea pendiente pasa por tratar de abrirnos mucho más al gran público y a la sociedad en general. No podemos, insisto, dejar que estas obras caigan en el olvido. Hay que buscar la forma de reavivar los recuerdos, de alentar la creación y apoyar a los nuevos escritores, por supuesto, pero nutriéndonos del bagaje y la historia que tenemos, no desterrándolo a un trastero como algo inservible.

Javier Redal disfrutando de la WorldCon de Glasgow
acompañado de Joe y Gay Haldeman (entre otros)
Un poco en esta línea, quiero hacerme eco también de la propuesta que surgía hace unos meses al conocerse el fallecimiento de Redal y que abogaba por que se le rindiera un homenaje en condiciones que podría incluir la instauración de un premio de ensayo con su nombre. Si esto no fuera factible, se me ocurre que podría cambiarse la denominación de dicha categoría dentro de los premios Ignotus para llamarla «Premio de ensayo Javier Redal». Es solo una idea, pero desde luego me parece adecuado y creo que a Javier no le faltarían méritos para plantearse algo así.

Ahora sí, por último, quiero reiterar mis agradecimientos a los entrevistados y recalcar de nuevo que soy el único responsable de cualquier error que pueda encontrarse en este texto. Para cerrar el artículo, hay una serie de personas que han tenido a bien dedicarnos unas palabras acerca de lo que supone Mundos en la eternidad (o las dos novelas anteriores que la integran) para ellos. Os dejo, pues, no sin antes agradecer la atención prestada. Creo que la ocasión merecía un artículo al menos tan extenso como este; solo espero haber estado a la altura que requería.

Mariano Villarreal:
«Mundos en el abismo dio origen al más fascinante escenario surgido en la ciencia ficción española: el cúmulo gobular de Akasa-Puspa. Creado a finales de los ochenta, sigue siendo hoy uno de los hitos fundamentales del género. Su importancia capital reside no solo en su calidad especulativa, literaria e histórica, sino en el hecho de que a partir de entonces la ciencia ficción española dejó definitivamente atrás su complejo imitador del modelo anglosajón para iniciar una vía propia, ya probada en ficción breve con magníficos resultados, pero necesitada de un gran referente autóctono en formato novela. «Lágrimas de luz», de Rafael Marín, inició el camino en 1984, pero era preciso una novela todavía más ambiciosa y exportable que consolidara la tendencia».
Pedro Jorge Romero, Merçe Renom, Joan Manel Ortiz, Javier Redal
y Carlos Sainz Cidoncha (WorldCon'95, Glasgow)
Elías Combarro:
«Akasa-Puspa no es solamente una de las sagas de ciencia ficción más importantes jamás escritas en español, sino una de mis obras favoritas a nivel mundial. La combinación de especulación, sentido de la maravilla, ciencia ficción dura, aventuras, razas extraterrestres y grandes artefactos es una auténtica delicia para cualquier aficionado al género. Su lectura es total y absolutamente imprescindible».
Rodolfo Martínez:
«Para mí, descubrir Mundos en el abismo e Hijos de la Eternidad, las dos novelas originales del ciclo de Akasa-Puspa (hoy refundidas en una sola: Mundos en la Eternidad) fue un mazazo similar al que en su momento me había producido Lágrimas de luz, de Rafael Marín. Con esta, el autor gaditano me había demostrado que una novela de ciencia ficción podía ser tan ambiciosa literariamente como cualquier novela de cualquier género. Aguilera y Redal demostraron, además, que eran capaces de invocar sentido de la maravilla a paletadas, en grandes cantidades y a una escala apabullante. Su combinación de verosimilitud científico-tecnológica y audacia en las ideas era algo que pocas veces había visto yo en la ciencia ficción: no en España, desde luego, pero es que tampoco en el extranjero. El "space opera hard" que ambos planteaban tenía un alcance, una escala y una grandiosidad que creo que pocas veces ha sido alcanzado en el género de la ciencia ficción. En cierto modo Aguilera y Redal terminaron de demostrarme (como había empezado a hacerlo Rafael Marín antes) que no estaba loco, que mi idea de que la ciencia ficción española podía ser, por un lado, buena literatura y, por el otro, tener tanto sentido de la maravilla como la de cualquier otro país, no era ninguna quimera».
Javier Redal, tras recibir el Ignotus en la Hispacon'95
Antonio Guisado:
«Los que hemos leído el libro en dos partes, Mundos en el abismo e Hijos de la eternidad, decimos que esa es la mejor versión. Quienes han leído Mundos en la eternidad, lo contrario: que esa variante es insuperable. Nos une una cosa: todos, absolutamente todos, nos declaramos maravillados con su lectura».
Juanma Barranquero:
“No sé qué podría decir sobre Mundos en el Abismo e Hijos de la Eternidad (la fusión de ambas, Mundos en la Eternidad, no me gusta tanto) que no haya dicho ya antes todo el mundo. Solo que, cuando la leí, sentí por primera vez que los españoles podíamos hacer ciencia ficción como Clarke, o Heinlein, o Niven o cualquier extranjero (hoy pondría otros ejemplos, claro)”.
Por último, quiero citar unas emocionantes palabras de Juan Miguel Aguilera:
«Javier Redal fue mi Carl Sagan particular. Él fue guiándome […], explicándome con infinita paciencia cualquier duda que yo tuviera […]. Sin duda, conocerlo me cambió la vida, yo sería ahora una persona distinta de no haberme encontrado con Javier Redal. Yo ya tenía el gusanillo de escribir, pero Javier fue el catalizador que me hizo tomármelo en serio. Javier era mi amigo, mi mentor y mi colega escritor. Esta es una de las cosas que más me han afectado en toda mi vida. Solo lo puedo comparar con la pérdida de un familiar muy cercano. Javier Redal era un personaje único y tuve la suerte de conocerlo en el momento justo de mi vida en el que me influyó de una forma definitiva. Siempre estaré en deuda con él».
Nota: Las fotografías que ilustran este artículo han sido amablemente cedidas por Juan Miguel Aguilera, José Luis González, Alfredo Liébana y Alfonso Redal, el hermano de Javier. Muchísimas gracias a todos ellos. 

4 comentarios:

  1. ARTICULAZO PABLO. Bravo. Impresionante. Gracias por descubrirme a esta figura dentro de la literatura de género en España. Ahora mismo me siento un ignorante máximo de nuestra cultura y nuestras obras, pero este artículo es una absoluta maravilla. Un abrazo^^

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  2. Un reconocimiento muy merecido a la figura de Javier Redal y lo que supuso Mundos en el Abismo para muchos de nosotros en esa época, en una España ya taaaaan lejana. Ignotus al canto, oiga.

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  3. Muchas gracias por este artículo, que me ha dado en la fibra sensible. Admito que tengo pendientes Mundos... e Hijos... (aunque recuerdo haber leído con agrado hace años El Refugio). Pero sobre todo, tuve la suerte de coincidir hace muchos años con Javier Redal en los 90, en la preparación de un fanzine, y suscribo al 100% el retrato de su persona: Su amabilidad, su entusiasmo por el género, su desconcertante sentido del humor y su capacidad para la divulgación. Mi afición por algunas obras como Babylon 5 o Iberia INC me vienen en gran parte por los enciclopédicos conocimientos y por el entusiasmo en la obra del que hacía gala a partes iguales. Y aunque yo en aquel momento no había aportado nada al fandom y el era un escritor profesional, jamás tuvo una actitud que no fuera de absoluta humildad. Me apenó saber de su fallecimiento y me ha alegrado leer este artículo. Gracias.

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  4. BRAVO, BRAVO. No tengo palabras. Me he quedado alucinado de todo lo que no sabía sobre esta obra. Había oído hablar de ella pero ni mucho menos sabía lo que había detrás.
    Gracias

    Un abrazo :)

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